Soy profesor y, aunque aún no tengo el título (no puedo creer que una palabra de tal peso pueda terminar en “tulo”), ya me considero como tal. Me levanto a horas ridículamente tempranas para llegar a enseñar a mocosos que aún conservan en sus manos la grasa que se rascaron la noche pasada de sus descansadas huevas. En mis años como educador (sólo 4, y qué?) y mi experiencia como docente (sólo en 6 colegios, y qué?) he aprendido una lección, una toda cagada, que viene a estos días como anillo al dedo: Los pingüinos, sean muy inteligentes o tontos de remate, no les interesa aprender. Me explico: Los estudiantes de media piensan que, cuando lleguen a cuarto, se inscribirán en un preuniversitario en el cual, por medio de una sonda anal de última generación, incrustarán en sus sistemas todos los contenidos que no aprendieron en aquellos irrecuperables años que tuvieron para hacerlo. Los estudiantes de la media piensan todo el día en a cuál de sus compañeras le gusta el pico, para ir a escribirlo con tinta indeleble en la cerámica del baño, grande y en negrita para que todos lo lean. Los estudiantes de media jamás retendrán por más de una semana lo visto en una clase y, digan lo que digan, en esto no influye si el profesor es malo o bueno. Enserio no influye. Por ejemplo, yo mismo: si no es por el corrector ortográfico de Office no sabría cómo escribir “decisión”, considerando que he tenido buenos profesores de lenguaje y que, ¡OH POR DIOS, ESTUDIO PEDAGOGÍA EN CASTELLANO! Bueno, la razón por la cual no sé escribir aún no es culpa de mis educadores, es culpa mía, por no interesarme en perfeccionar esa debilidad y, en cambio, pasar el día pensando en cómo ofender a mis amigos.
Entonces, qué pasa por mi mente cuando estoy más de 2 meses y medio tratando de hacer clases, viendo que los mocosos no pescan, no aprenden aunque se le repitan las cosas mil veces y quieren que toda actividad, trabajo o prueba, sea aplazada por tiempos ridículos, porque necesitan experimentar qué tanto pueden masturbarse en una semana; Qué pasa por mi mente cuando los niñitos gritan “buuuu” cada vez que voy a comenzar a enseñarles nuevos contenidos y, en fin, qué mierda mezclada con mocos pasa por mi pobre mente cuando veo que estos mismos pasteles de huevas deciden irse a paro, porque quieren “tener una mejor educación”. Enserio, por favooor. ¿Qué pensará un querido alumno X, al cual yo le hago clases día a día, que es una “mejor educación”? ¿Querrá que le vaya a enseñar a la casa al weón? ¿Creerá que es una buena idea que los profesores les hagamos clases sólo cuando le dé la gana? En serio estos querubines me perturban. ¿Sabrán que wea es la LOCE, o la LGE? De seguro, si le pregunto a uno, me responderá mejor que la ministra, o sea, obvio, los tontos no han perdido el tiempo y se han entrenado para contestar ese tipo de preguntas, creadas especialmente para desacreditarlos e impedir comprobar que son una centena de retardados buscando perder clases.
De seguro hay quienes sí se preocupan seriamente del tema y sí saben fundamentar correctamente los motivos del movimiento, ¿Pero cuántos? ¿10 por liceo? ¿O me van a decir que toda la manga de pokemones que se juntan en los paraderos, que piensan que Don Omar es más bueno que Parra con la lírica, que hablan en un dialecto que los flaites lo encuentran flaite, que usan los pantalones a la altura de los talones y tienen el pelo como si una orgía de gatos hubiese estado cogiendo en él, pueden cambiar la educación del país? ¿Les doy una buena idea? Dejen que los grandes se encarguen, shhhhh, tranquilitos ustedes, no vaya a ser que próximamente, cuando todo este tema se solucione, nosotros los profesores les exijamos que, con el mismo empeño que salieron a hueviar a las tomas, tomen un par de libritos y los lean… si es que saben leer, imbéciles. ¿Mi propuesta? Simple: consecuente con el modo en el cual se están haciendo las cosas hasta ahora (por ejemplo, hoy mis alumnos prefirieron quedarse en patota pegándole a las puertas como animales tarados a entrar en la sala para reflexionar sobre el tema), una forma de protesta eficaz sería copiar el modelo del niño mal criado. Me explico, los estudiantes de coles municipales han canalizado toda su brutalidad para utilizarla más que la razón frente al actual conflicto, entonces llevemos esa cualidad al extremo y, de seguro, triunfan. Movilícense en masa hacia el centro de sus ciudades y, en un punto específico, todos tírense al suelo haciendo el berrinche de sus vidas: lloren, pataleen, méense y cáguense encima, griten al unísono “¡no quiero, no quiero, no quiero!” y así quédense, hasta que la presidenta en persona llegue y les bese cada una de sus frentecitas, pidiéndoles disculpas por las leyes de mierda que sus obreros presentan, y dándoles la oportunidad de redactar ustedes mismos la nueva ley de educación (de seguro ya no se llamaré L.O.C.E. ni L.G.E., sino que los muy desgraciados buscarán la forma de que se le nombre P.O.T.O., P.I.T.O., P.U.T.A., P.E.O.E.N.L.A.C.A.R.A., o tantos otros que se me ocurren). Pero en fin, si este no es el caso y nadie les soluciona el problemita, lo que bien podrían hacer es atarse todos a una misma cuerda y lanzarse a la línea del tren. Le quitarán un gran peso a sus familias, pendejos.
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