jueves, 5 de junio de 2008

EL OTRO DÍA ME PIDIERON CREAR UNA INSTANCIA DE REFLEXIÓN PARA QUE MIS ALUMNOS PENSARAN EN LA ACTUAL MOVILIZACIÓN ESTUDIANTIL, HE AQUÍ EL RESULTADO:

Soy profesor y, aunque aún no tengo el título (no puedo creer que una palabra de tal peso pueda terminar en “tulo”), ya me considero como tal. Me levanto a horas ridículamente tempranas para llegar a enseñar a mocosos que aún conservan en sus manos la grasa que se rascaron la noche pasada de sus descansadas huevas. En mis años como educador (sólo 4, y qué?) y mi experiencia como docente (sólo en 6 colegios, y qué?) he aprendido una lección, una toda cagada, que viene a estos días como anillo al dedo: Los pingüinos, sean muy inteligentes o tontos de remate, no les interesa aprender. Me explico: Los estudiantes de media piensan que, cuando lleguen a cuarto, se inscribirán en un preuniversitario en el cual, por medio de una sonda anal de última generación, incrustarán en sus sistemas todos los contenidos que no aprendieron en aquellos irrecuperables años que tuvieron para hacerlo. Los estudiantes de la media piensan todo el día en a cuál de sus compañeras le gusta el pico, para ir a escribirlo con tinta indeleble en la cerámica del baño, grande y en negrita para que todos lo lean. Los estudiantes de media jamás retendrán por más de una semana lo visto en una clase y, digan lo que digan, en esto no influye si el profesor es malo o bueno. Enserio no influye. Por ejemplo, yo mismo: si no es por el corrector ortográfico de Office no sabría cómo escribir “decisión”, considerando que he tenido buenos profesores de lenguaje y que, ¡OH POR DIOS, ESTUDIO PEDAGOGÍA EN CASTELLANO! Bueno, la razón por la cual no sé escribir aún no es culpa de mis educadores, es culpa mía, por no interesarme en perfeccionar esa debilidad y, en cambio, pasar el día pensando en cómo ofender a mis amigos.
Entonces, qué pasa por mi mente cuando estoy más de 2 meses y medio tratando de hacer clases, viendo que los mocosos no pescan, no aprenden aunque se le repitan las cosas mil veces y quieren que toda actividad, trabajo o prueba, sea aplazada por tiempos ridículos, porque necesitan experimentar qué tanto pueden masturbarse en una semana; Qué pasa por mi mente cuando los niñitos gritan “buuuu” cada vez que voy a comenzar a enseñarles nuevos contenidos y, en fin, qué mierda mezclada con mocos pasa por mi pobre mente cuando veo que estos mismos pasteles de huevas deciden irse a paro, porque quieren “tener una mejor educación”. Enserio, por favooor. ¿Qué pensará un querido alumno X, al cual yo le hago clases día a día, que es una “mejor educación”? ¿Querrá que le vaya a enseñar a la casa al weón? ¿Creerá que es una buena idea que los profesores les hagamos clases sólo cuando le dé la gana? En serio estos querubines me perturban. ¿Sabrán que wea es la LOCE, o la LGE? De seguro, si le pregunto a uno, me responderá mejor que la ministra, o sea, obvio, los tontos no han perdido el tiempo y se han entrenado para contestar ese tipo de preguntas, creadas especialmente para desacreditarlos e impedir comprobar que son una centena de retardados buscando perder clases.
De seguro hay quienes sí se preocupan seriamente del tema y sí saben fundamentar correctamente los motivos del movimiento, ¿Pero cuántos? ¿10 por liceo? ¿O me van a decir que toda la manga de pokemones que se juntan en los paraderos, que piensan que Don Omar es más bueno que Parra con la lírica, que hablan en un dialecto que los flaites lo encuentran flaite, que usan los pantalones a la altura de los talones y tienen el pelo como si una orgía de gatos hubiese estado cogiendo en él, pueden cambiar la educación del país? ¿Les doy una buena idea? Dejen que los grandes se encarguen, shhhhh, tranquilitos ustedes, no vaya a ser que próximamente, cuando todo este tema se solucione, nosotros los profesores les exijamos que, con el mismo empeño que salieron a hueviar a las tomas, tomen un par de libritos y los lean… si es que saben leer, imbéciles. ¿Mi propuesta? Simple: consecuente con el modo en el cual se están haciendo las cosas hasta ahora (por ejemplo, hoy mis alumnos prefirieron quedarse en patota pegándole a las puertas como animales tarados a entrar en la sala para reflexionar sobre el tema), una forma de protesta eficaz sería copiar el modelo del niño mal criado. Me explico, los estudiantes de coles municipales han canalizado toda su brutalidad para utilizarla más que la razón frente al actual conflicto, entonces llevemos esa cualidad al extremo y, de seguro, triunfan. Movilícense en masa hacia el centro de sus ciudades y, en un punto específico, todos tírense al suelo haciendo el berrinche de sus vidas: lloren, pataleen, méense y cáguense encima, griten al unísono “¡no quiero, no quiero, no quiero!” y así quédense, hasta que la presidenta en persona llegue y les bese cada una de sus frentecitas, pidiéndoles disculpas por las leyes de mierda que sus obreros presentan, y dándoles la oportunidad de redactar ustedes mismos la nueva ley de educación (de seguro ya no se llamaré L.O.C.E. ni L.G.E., sino que los muy desgraciados buscarán la forma de que se le nombre P.O.T.O., P.I.T.O., P.U.T.A., P.E.O.E.N.L.A.C.A.R.A., o tantos otros que se me ocurren). Pero en fin, si este no es el caso y nadie les soluciona el problemita, lo que bien podrían hacer es atarse todos a una misma cuerda y lanzarse a la línea del tren. Le quitarán un gran peso a sus familias, pendejos.

lunes, 28 de abril de 2008

El intelectual veinteañero


El intelectual veinteañero se sienta en el lugar más visible de la plaza de armas, extrae de su chiporro un libro de Neruda y se aprende algunos versos de memoria para citárselos al weonaje, en pleno conocimiento de que ellos pensarán: "que culto es este tipo".

El intelectual veinteañero crea el grupo literario "Carpe Diem", en el cual se desviven, reunión tras reunión, por concluir si es mejor "Pregúntale a Alicia" o "Juventud en éxtasis", o si la película "El código Da Vinci" supera en majestuosidad y perfección al libro.

El intelectual veinteañero cuenta una y otra vez, con orgullo y admiración hacia lo bacán que es, lo volado que quedó hace algunas noches, "puro cogollo perro, puro cogollo", y aconseja ver "La naranja mecánica" mientras se esté estúpido a pitos... la razón a nadie le queda clara, pero sin titubear todos le hacen caso.

El intelectual veinteañero siente tanto odio por Wisin y Yandel como odio siente por Pinochet y el Mamo. Siente tanta admiración por Silvio como admiración siente por Allende, aunque de estos últimos sólo sepa que son grandes personajes de izquierda, y que por ello deben ser admirados (y está en pleno conocimiento de que, obviamente, si en alguna tocata, concierto o recital son nombrados, se debe aplaudir a rabiar).

El intelectual veinteañero cuenta con toda una colección de poleras con estampas del Che, chapitas con el rostro del Che y una decena de wallpapers con la imagen del Che, aunque no sepa que carajos hizo por el famoso Che por él, aunque ni siquiera se imagina que el pobre tipo no es cubano, aunque sólo lo admire porque está en pleno conocimiento de que el weonaje, al percatarse de lo pegado que está con la imagen del revolucionario, pensará: "que sabio es este tipo".

El intelectual veinteañero agarra a pollos "La metamorfosis", porque no le gusta la ciencia ficción. Delira con el realismo mágico de la Isabel Allende, ídola indiscutible del intelectual veinteañero, y sueña con ser como Matías Vicuña de "Mala Onda".

Para el intelectual veinteañero no hay nadie más inteligente que él mismo, aunque esté estudiando pedagogía en la peor de las privadas, "yo pude haber sido médico fácilmente", le dice a sus amigos, "pero lo mío es lo humanista".

El intelectual veinteañero le recita el poema XV a su novia casi día a día (aunque debería dedicarle el Canto II de Altazor, pero no puede, por que no lo conoce y cree que es sólo el nombre de un premio ordinario), la invita a comer carne de soya y a ver algo de cine arte, lo que sea, total es imposible que ella le diga que no entiende un moco los diálogos, a menos que quiera quedar como tonta frente a su novio intelectual veinteañero.

El intelectual veinteañero toca la guitarra en su grupo punk rock luego de hacer teatro callejero en las esquinas de su ciudad. Llega a su casa, entra a su pieza, coloca un DVD de Almodóvar mientras contempla con agrado sus posters de Victor Jara, y escribe algo en su blog que deje pensando al weonaje que lo lea sobre lo conocedor que es. Chatea con un tipo al cual no conoce, que le habla de un tal Bolaño, un tal Dostoievski, un tal Chejov, un tal Borges, pero el intelectual veinteañero ignora dichos nombres, porque jamás salieron de la boca de su profesor de Lenguaje de la media. Ya de noche va a un bar de intelectuales veinteañeros, se sienta y no pide nada, ya que odia el consumismo, saca un cigarro arrugado y un lápiz arrugado y una libreta arrugada, y plasma en ella sus sentimientos: soledad, vacio, dolor, tristeza, impotencia. La felicidad no existe para el intelectual veinteañero, piensa que el mundo no está preparado para él, sufre al ver que pocos tienen sus conocimientos, pero se contenta por lo mismo, ha llegado al más alto nivel de cultura que se le puede exigir a un pobrecito mortal, será un gran escritor, o un gran fotógrafo, o un gran cineasta, se imagina escribiendo una novela colectiva junto a Hernán Rivera Letelier y Lafourcade, se piensa fotografiando hermosos paisajes sureños contrastados con personajes comunes, se visualiza dirigiendo una película sobre la dictadura, y vuelve a sentir esa misma satisfacción, ese mismo placer imaginario, y entonces vuelve a palpitar el corazón del intelectual veinteañero.

domingo, 27 de abril de 2008

Probando, probando...

- Te tengo dos noticias: una buena, y la otra... macabramente mala.
- Comienza por la buena...
- Que al menos uno de ellos sobrevivió.